Mercader de Venecia I

El cofre de oro: Quien me escoja ganará lo que muchos desean.

El de plata: Quien me escoja obtendrá tanto como merece.

El de plomo: Quien me escoja debe dar y aventurar todo lo que tiene.

El Mercader de Venecia. Comedia escrita por Shakespeare hacia 1595/1596 y cuyo argumento se deriva en gran parte de los cuentos de Il pecorone –El bobalicón–  de Giovanni da Firenze o Juan de Florencia y publicado en 1550.

En el Mercader de Venecia se barajan varias historias paralelamente y de ellas nos ocuparemos en su debido momento… hoy nos veremos la historia de Porcia, una bella y heredera y acaudalada dama de Belmonte, población también sacada de Il pecorone.

El padre de Porcia, ya fallecido, ha dejado en herencia una inmensa fortuna que será compartida con el pretendiente Porcia que encuentre el retrato de ella en uno de tres cofres; uno de oro, uno de plata y otro de plomo. Pero quien se decida abrir uno de los cofres nunca se casará si falla en la elección

Cada cofre tiene una inscripción… así el de oro señala: “Quien me escoja ganará lo que muchos desean”; el de plata: “Quien me escoja obtendrá tanto como merece” y el de plomo: “Quien me escoja debe dar y aventurar todo lo que tiene”.

La situación de Porcia es realmente difícil. La acompaña su servidora Nerissa. Veamos…

Porcia: Si fuera tan fácil hacer lo que se debe, como conocer lo que se debe hacer, las ermitas serían catedrales y las chozas de los pobres palacios de príncipes. Es un buen predicador aquel que practica la virtud que enseña; más fácil me sería enseñar a veinte personas lo que conviene hacer, que ser yo misma una de esas veinte y practicar mi propia enseñanza.

Fácil le es al cerebro inventar leyes para refrenar la sangre, pero una naturaleza ardiente salta por encima de un frígido decreto. Tan dispuesta está la loca juventud a saltar por encima de las redes que el buen consejo le tiende, que la prudencia, fatigosa anciana.

Pero razonando y discurriendo de esta manera nunca llegaré a escoger marido. ¡Oh, qué palabra esta, ‘escoger’! No puedo ni escoger a quien me agradé ni rehusar al que me enfade, de tal modo está refrenada la voluntad de una hija viviente, tanto me  sujeta la voluntad de mi difunto padre.

Ocurre que la bella Porcia  tiene varios pretendientes que son presentados por Nerissa la dama de confianza de Porcia. Le dice Porcia: Dime Nerissa sus nombres y los iré describiendo. Y según sea la descripción, juzga tú de mi afecto hacia ellos.

Nerissa: Primero está el príncipe de Nápoles.

Porcia: Valiente potro es el príncipe… no hace otra cosa que hablar de su caballo, y se jacta, como si fuera una gran virtud, saber herrarlo él mismo. Mucho me temo que su señora madre se haya dejado seducir por un herrador.

Nerissa: Luego está el conde de Palatino.

Porcia: Ese no hace más que fruncir el entrecejo, como si dijera: Si no me queréis a mí, ya podéis buscar a otro. Oye chistes y no se sonríe. Temo que un hombre tan afeminadamente triste en su juventud, se convierta en su vejez en un filósofo llorón. Más quisiera yo casarme con una calavera con un hueso en la boca que con cualquiera de esos. Líbreme Dios de ambos.

Acotemos que el Palatino es, entre otras cosas, un hueso de la cara y una de las siete colinas de Roma.

Nerissa: ¿Qué me decís del caballero francés Monsieur Lebon?

Porcia: Ya que es hechura de Dios, pase siquiera por hombre. Sé muy bien que es pecado burlarse del prójimo, pero lo que es éste… ¡válgame Dios! Tiene mejor caballo que el napolitano y vence al conde de palatino en la maña de fruncir el entrecejo. Reúne los defectos de todos los hombres en un cuerpo que no es hombre; si oye cantar un mirlo, al punto empieza a brincar, es capaz de batirse con su sombra. Casarme con él sería casarme con veinte maridos, si me desprecia le perdonaré, pues, aunque me amase con locura nunca podría corresponder a su amor.

Nerissa: ¿Qué dices, entonces de Falconbridge, el joven inglés?

Porcia: Ya sabes que nunca hablo con él, pues ni él me entiende a mí, ni yo a él. No posee el latín, ni el francés, ni el italiano. Y en cuanto a mí, puedes jurar ante un tribunal que no sé ni jota de inglés. No tiene mala figura, pero, ay, ¿quién puede conversar con un cuadro mudo? ¡Cuán singular es su traje! Creo que compró la ropa en Italia, los calzones bombachos en Francia, la gorra en Alemania y los modales en todas partes.

Nerissa: ¿Qué os parece el lord escocés, su vecino?

Porcia: Me parece bastante caritativo, pues tomó prestada una bofetada del inglés y juró devolvérsela cuando pudiera; y el francés, sirviendo de fiador, selló el trato con otra bofetada.

Los comentarios de Porcia sobre ingleses, escoceses y franceses son una clara alusión a la situación político-diplomática que existía por esa época, a mediados del siglo XVI entre estos tres países. Amén de lo paradójico del parlamento de Porcia: “No sé ni jota de inglés”. Esto lo dice un personaje que está actuando en una obra escrita en inglés y presentada ante un público que en su mayoría no sabía sino inglés.

Nerissa: ¿Qué tal os place el joven alemán, sobrino del duque de Sajonia?

Porcia: Lo encuentro repugnante por la mañana cuando está en ayunas, y más repugnante por la tarde cuando está borracho, cuando mejor está es algo menos que hombre, y cuando está peor algo más que una bestia. Suceda lo que suceda, lo que es con él no cuento.

Nerissa: Si él fuera el que acertase el secreto del cofre tendrías que casarte con él para cumplir la voluntad de vuestro padre.

No os preocupéis señora mía, no tenéis que temer el casaros con ninguno de estos caballeros pues me han informado de su resolución que es la de regresar a su país y no importunaros más con sus demandas, a menos que puedan obteneros por otro medio diferente a esa lotería de los cofres impuesta por vuestro padre.

Porcia: Aunque viviera las años de la sibila, muriera casta como Diana antes que ser conquistada de otro modo que por la  voluntad de mi padre dispuesta en su testamento.

En ese momento entra un criado (recurso frecuente de Shakespeare para informar al público).

Criado: Los cuatro extranjeros os buscan para despedirse de vos, señora. Y acaba de llegar el correo de un quinto, el príncipe de Marruecos que trae la novedad de que estará aquí esta noche. 

Porcia: Si pudiera desear la bienvenida a este quinto, de tan buen grado como me dispongo a decir adiós a los otros cuatro, me sentiría dichosa con su llegada aunque tuviese las cualidades de un santo y el aspecto de un demonio, le querría mejor para confesor que para marido; mientras  cerramos la puerta a un pretendiente, otro llama al postigo, sígueme Nerissa.