Aristides Fernández

Mencionamos a José Manuel Marroquín Ricaurte (1827 – 1908)  escritor y estadista colombiano que ejerció la Presidencia del país entre 1900 y 1904.

Mucho mejor escritor que estadista Marroquín trabajó en la elaboración de textos didácticos; entre ellos, Lecciones de urbanidad; Tratados de Ortología y Ortografía de la Lengua castellana, con numerosas ediciones en Colombia y en otros países de Hispanoamérica; Lecciones elementales de retórica y poética; Diccionario ortográfico y Exposición de la Liturgia. Entre sus obras literarias, sobresalen sus cuatro novelas: El Moro, Entre primos, Blas Gil y Amores y leyes; y también sus Artículos literarios, en prosa y verso. Marroquín se destacó como escritor costumbrista, satírico y un gran erudito. Él y su hijo Lorenzo eran unos fanáticos de la buena vida.

 Castillo de Marroquín

Castillo de Marroquín- Chía/Bogotá

Construido alrededor de 1898 en los predios de la Hacienda El Castillo en el sector de La Caro, hacia el norte de Bogotá, en los predios de la hacienda del ex presidente José Manuel Marroquín.

José Manuel Marroquín al terminar  su mandato dijo, sin que le temblara la voz, que nadie se podía quejar: “Recibí un país y entregué dos”. En efecto, el 3 de noviembre de 1903, cuando los colombianos se negaron a ratificar un tratado con Estados Unidos referente a la construcción del canal, un movimiento separatista proclamó la independencia de Panamá que fue inmediatamente reconocida por el gobierno estadounidense el día 18 de noviembre.

Una de las personalidades del gobierno de Marroquín  era el señor Aristides Fernández.

Aristides Fernandez

Aristides Fernández

¿Quién era Fernández?

La personalidad de Fernández es en extremo extraña. Luis Martínez Delgado escribió: «El señor Aristides Fernández se había educado en la escuela policial; era de extracción liberal y por consiguiente un reaccionario empeñado en desmentir, en toda forma y de todos modos, su antigua fe política para que no fuera puesta en tela de juicio su convicción por el credo conservador. (Que tenía a Marroquín como uno de sus máximos defensores). Para lograr su empeño, el señor Fernández hizo gala de un temperamento cruel en el trato que daba a los presos políticos que estaban en el Panóptico de Bogotá, principalmente, a donde llevó a muchos inocentes que contribuían con la pérdida arbitraria de su libertad a cimentar la fama de canciller de hierro del Aristides Fernández.

Panoptico 1895

Panóptico Bogotá

Para completar esta visión de personaje de tan dura y peculiar conducta, debemos implementarla con la que de él se hace en el libro acerca del obispo Ezequiel. Ahí se lee: «El general Aristides Fernández fue un personaje tenebroso, cuya responsabilidad en las persecuciones de que fue víctima el doctor Sanclemente valdría la pena estudiar. Cómo pudo erigirse en consejero de Marroquín, es otro de los misterios que sugiere la consideración de la indescifrable personalidad del señor de Yerbabuena. (Marroquín). Director de la Policía Nacional primero, luego jefe civil y militar de Cundinamarca, y, por último, ministro de Guerra.

Las argumentaciones para justificar el golpe dado por Marroquín, iban desapareciendo, ahogadas en sangre y en intransigencias. El mundo, a veces, lo dominan los bárbaros. En Colombia, han tenido audiencia. En el libro sobre el obispo Ezequiel, encontramos estas palabras esclarecedoras de lo que acontecía con signos dramáticos de crueldad contra el liberalismo:

«Mientras tanto, la situación con los liberales revolucionarios se complicó. El decreto 582 del 1° de diciembre de 1899, que hacía efectiva una contribución de guerra entre simpatizadores, autores, cómplices y auxiliares de la rebelión no fue medida pacificadora ni mucho menos. La fracción más extrema del conservatismo se iba imponiendo al vicepresidente Marroquín, quien el 25 de agosto de 1900 desechaba toda posibilidad de acuerdo con el liberalismo. Parece —confesaba— que mis buenas intenciones han envalentonado a varias partidas armadas…».

«No era, pues, conciliadora la actitud de Marroquín, ni mucho menos el hecho de que el Panóptico de Bogotá se fuera llenando de ‘simpatiza-dores’ de la revolución, que no querían pagar los impuestos decretados. El general Fernández estaba en la gloria, y, como comentaba algún diplomático, de él se había apoderado ‘la manía de los coleccionistas de estampillas. Cada preso era un sello de correos, un pergamino raro de biblioteca; antes de deshacerse del hallazgo era preferible que pereciera en el Panóptico».

En el libro en torno de Fray Ezequiel Moreno de la virgen del Rosario, el obispo de Pasto, sectario en su condena del liberalismo, se lee algo que nos advierte cómo era la dureza del Gobierno:

«La accesión del general Aristides Fernández a la gobernación de Cundinamarca fue como un catalizador que provocó un alinderamiento definitivo entre quienes se habían comprometido en el golpe del 31 de julio. De jefe de la policía nacional en el Gobierno nacionalista saltaba, por voluntad del señor Marroquín, a la gobernación cundinamarquesa como ‘un reto formal a la opinión pública’. Carlos Martínez Silva, quien había sido alma y cerebro del movimiento, presentó inmediatamente renuncia del Ministerio de Relaciones Exteriores. El dilema para Marroquín era: ‘La paz con Martínez Silva o la guerra con Aristides Fernández.

San Ezequiel

Se produjo entonces, el 14 de septiembre de 1900, la renuncia del general Aristides Fernández Fernández: «Ya tendrá V.E. —escribe a Marroquín— conocimiento de que he presentado al ministro de Gobierno mi renuncia irrevocable… Yo tengo la más arraigada convicción de que la línea de conducta que debe seguirse en esta situación no es otra que la que V.E. sabe que he procurado seguir… Y como no se me oculta que algunos miembros del Gobierno están en abierta pugna con mis ideas y mis procederes en los puestos que ocupo, me ha parecido que no sería decoroso continuar en el desempeño de tales puestos…».

«Naturalmente que Marroquín no aceptó dicha renuncia. Es posible que el carácter vacilante de Marroquín lo hiciera buscar en la indiscutible fortaleza de Fernández un apoyo, que le servía no sólo para sobreponerse a las dificultades de un momento político complicadísimo.

Por  su parte Luis Eduardo Nieto Caballero señala:

«La figura de Fernández es un tremendo enigma. Hombre austero, de hogar, suave en su trato, que pudo hacerse millonario y murió en la miseria; con una compañera angelical que embellecía su vida: con niños inocentes, cuyos juegos eran una perpetua invitación a la alegría, a la ternura; afortunado en su carrera pública, como que había subido de modestas oficinas a las de mayor importancia en el país en un período breve, sin disponer de recursos intelectuales que justificaran la rapidez del ascenso; todo en él se juntaba para inclinarlo a la bondad, para hacerlo feliz, generoso, expansivo. Y sin embargo, por uno de esos misterios que acaso sólo expliquen ignoradas lesiones cerebrales, Fernández fue la tempestad. Por nuestra historia pasa como un azote de fuego. Se dijera que llevaba escorpiones en la diestra y que había encontrado y cabalgaba el caballo de Atila».