Los kirguises o kirguisos Parte II

Los kirguises o kirguisos Parte II

Otra pareja. Su nombre es Hajji Roshan Khan y su esposa Toiluk, tienen cuatro hijas. “Hajji” es una palabra honorífica y significa que ha estado en La Meca, la ciudad natal de Mahoma y la más importante de todas las ciudades santas del islam. Los kirguises son musulmanes suníes; en 2008, su padre, Abdul Rashid Khan, lo llevó a él, escogido entre sus 14 hijos a Arabia Saudita. Esa era la primera vez que dejaba Wakhan. Posteriormente viajó a Kabul y se reunió con ministros del gobierno afgano y con el presidente Hamid Karzai, para suplicar financiación para construir una clínica médica, un par de escuelas y, por supuesto, la carretera que siempre han anhelado.

Aunque su padre era el kan, la posición de líder tribal no es hereditaria. Debe ser decidida por los ancianos de la comunidad. Abdul Rashid Khan murió en 2009 y tenía claro quién quería que fuera su sucesor: Er Ali Bai, uno de los kirguises más respetados; él invitó a los líderes ancianos a su campamento. Un campamento es la división principal de la vida kirguisa, tres a diez familias que migran juntas y comparten el pastoreo de yaks.

Er Ali Bai posee seis camellos. Tiene 57 años y camina con una cojera pronunciada, apoyado en un bastón de metal, cuando está de buen humor suele golpear a alguien en broma con su bastón. Le encanta conversar con su intercomunicador; estos radios de dos vías, introducidos hace poco por comerciantes itinerantes, han permitido que las noticias pasen de campamento en campamento.

Cerca de cuarenta hombres llegaron al campamento de Er Ali Bai para ungir al nuevo kan; se sentaron sobre mantas en el exterior formando un gran círculo. Se mataron ovejas y cabras, la manera tradicional de iniciar cualquier acontecimiento kirguís. El trozo de manteca que rodea la cola de las ovejas, hervido hasta que se pone gelatinoso y adquiere un color amarillo pálido, es un gran manjar. La reunión duró más de ocho horas. Al final, todos acordaron que Hajji Roshan Khan sería el nuevo líder.

Lo acordaron, pero eso no significa que el kan sea bien aceptado. De hecho mucha gente tiene profundas dudas respecto a él. Los kirguises son conflictivos e independientes. No suelen congregarse con frecuencia en torno a un jefe, dice un antropólogo investigador que vivió con los kirguises por más de un año. Algunos piensan que el nuevo kan es demasiado joven pues que tiene muy poca experiencia. Dicen que no es un Sangeen, esto es: un líder, un cabecilla. Sangeen significa “como una roca”, alguien que representa la fuerza y la entereza que los kirguises buscan en un líder. Una facción argumenta que un rival que vive en el otro extremo del valle resultaría un mejor kan. Otros insisten en que ya no se necesita un kan, que terminó la era de los kanes.

Sin embargo, el mayor partidario del kan es Er Ali Bai. Algunos críticos se lamentan de que no haya sido elegido un aksakal -un “barba blanca”-. “Sí, replica Er Ali Bai. Hay gente con barbas largas. Las cabras también tienen barbas largas. ¿Deberíamos haber elegido una cabra?”. No hay de qué preocuparse, añade. “Él será un gran kan”.

Cuando hay mudanza el kan se debe asegurar de que los yaks estén debidamente cargados y lleguen a su campamento de verano. A pesar de que es finales de junio, cae nieve que se arremolina debajo de las nubes. Pero el kan no puede esperar. La hierba de su campamento de invierno requiere cada uno de los días de la breve estación de crecimiento para renovarse. El kan y su familia viven durante el invierno en una lúgubre choza de barro de paredes gruesas y el resto del tiempo lo hacen en una yurta.

K. II YURTA II B

Una yurta o ger mongola.

Cada campamento kirguís sigue un patrón relativamente simple de migración, viven en el lado del valle orientado al sur, un poco más cálido en el invierno, cuando es verano caminan unos ocho kilómetros o más hacia el otro lado. El horizonte, donde quiera que se mire, es interrumpido por inmensos picos cincelados. Aquí, en el techo del mundo, se encuentran varias de las cordilleras más altas de Asia -el Hindu Kush, el Karakórum, el Kunlun; es un lugar tan repleto de montañas que se conoce como Nudo del Pamir. El corredor de Wakhan es también un lugar donde nacen ríos que fluyen tanto al este corno al oeste, incluido el Amu Darla o “río madre”, una de las principales vías fluviales de Asia central.

Al final de la mudanza llegan a una zona cubierta de hierba en la boca de un estrecho cañón rodeado de glaciares. El viento –el viento brutal y despiadado del corredor Wakhan– cobra fuerza. Los copos de nieve se precipitan lateralmente, punzando los rostros. Las cargas son bajadas de los yaks y amontonadas en una gran pila.

La esposa y los hijos del kan se acurrucan, mientras los hombres empiezan a construir la yurta al tiempo que escuchan música kirguisa, una melodía interpretada por un laúd de tres cuerdas llamado komuz. La construcción de una yurta es como armar un rompecabezas que requiere varias horas. Cuando está terminada, por fuera una yurta parece insignificante, una especie de papa hervida grumosa; todo el conjunto está cubierto con un fieltro blanco que hacen los propios kirguises.

Los modales kirguises pueden considerarse bruscos, es frecuente y se acepta aceptable marcharse en medio de una conversación. Los kirguises comen carne cortándola en trozos y ocultando las sobras en un bolsillo. No hay muchos cantos. Las bodas no son muy alegres, con excepción de un juego de buzkashi, un deporte rápido y violento que se juega a lomo de un caballo y con el esqueleto sin cabeza de una cabra como pelota.

Esto es muy comprensible, ellos viven en un lugar muy particular, como dice el kan: “Uno envejece rápido… cuando siempre se tiene frío, cuando uno ve morir a una media docena de sus hijos, algunas emociones le son arrancadas. Quizá esta tierra es demasiado ventosa, demasiado remota, demasiado dura. Si no mata, daña, priva de la capacidad de expresar alegría. Hasta que uno entra a una yurta kirguisa. Se hace a un lado la pesada puerta de fieltro. De repente todo cambia. El mundo exterior desaparece y se entra en el país de las maravillas kirguís. Mantas, alfombras, tapices murales y cubiertas del techo, decorados todos con diseños de ornato: cachemires, flores, lentejuelas, trazos psicodélicos y caleidoscópicos. Aquí es donde la familia come, duerme y se escapa en este éxtasis explosivo de color”.

K. II MONTAÑAS

La mayoría de las mujeres que conocen los turistas nunca ha estado a más de unos cuantos kilómetros de donde nacieron, su viaje más largo había sido a los campamentos de sus esposos después de casarse. Todos los matrimonios kirguises son arreglados, por lo general,  cuando la mujer es adolescente. Ambos, el kan y su esposa, tenían 15 años cuando se casaron.

Una de las pocas mujeres que conversa con los turistas –una viuda de espíritu libre– llamada Bas Bibi, calcula tener unos setenta  años. Había tenido cinco hijos y dos hijas. Todos murieron. “Los hombres nunca ordeñan a los animales -dijo. Ni lavan ropa ni cocinan. Si no hubiera mujeres, ¡nadie sobreviviría ni un solo día!”.

A lo largo de su historia, los kirguises han rechazado siempre la idea de ser controlados por un gobierno o servir como vasallos a un rey. “Somos personas indomables”, dice orgullosamente un kirguís. Sus orígenes son vagos. La primera mención de los kirguises se encuentra en un documento chino del siglo II d. C. y se supone que provenían de los montes Altái, en lo que ahora es Siberia y Mongolia. Según el antropólogo Nazif Shahrani, el nombre kirguís posiblemente está compuesto por “kirk”, que significa “40”, y “kiz”, que significa “muchacha”, una etimología que para los kirguises significa “descendientes de 40 doncellas”.

Sin haber sido nunca una tribu grande, los kirguises afganos vagaron por Asia central durante siglos –tenían fama de asaltar caravanas a lo largo de la Ruta de la Seda–, para el siglo XVIII habían empezado a utilizar los valles donde ahora viven como territorio de pastoreo de verano. Se marchaban a tierras más cálidas cuando llegaba el invierno, para eludir la larga y cruel estación que ahora deben soportar. Pero después llegaron los grandes imperios y su Gran Juego, seguido por la propagación del comunismo. Para 1950, todas las fronteras se habían cerrado, relata Ted Callahan. Los kirguises “se convirtieron en ciudadanos afganos por defecto” y quedaron atrapados todo el año en el corredor de Wakhan.

Wakhan

                                                     El corredor de Wakhan

En lo más remoto de Asia Central, a más de 4.000 metros de altura, se extiende la gran meseta del Pamir, que junto al vecino Tíbet constituye el techo del mundo. Allí, donde el oxígeno escasea y la grandiosidad del paisaje montañoso supera lo imaginable, allí viven los kirguises. Los hijos de las nubes.

Siguiendo la Ruta de la Seda desde Pakistán y atravesando el Khunjerab (que significa “Valle de Sangre” por los asaltos y matanzas que practicaban los bandidos de las montañas a las caravanas de la época), el paisaje se abre a la meseta del Pamir, donde parece que estirando el brazo se puede tocar el cielo.

El yak  animal imprescindible en estas latitudes. Se adapta muy bien a las alturas, puede llevar hasta 80 kilos de peso y da carne y leche. De aquí se obtiene la manteca, un producto esencial para kirguises y tibetanos, pues es la única fuente de grasa, tanto para la alimentación como para otros usos.

De las astas de un yak se hacen peines y cucharas; de las pezuñas, cuencos, y la piel y el pelo sirven para hacer mantas, ropa de abrigo, cuero y resistentes cuerdas.

La mayoría de kirguises viven en pequeños poblados de cabañas hechas con ladrillo de adobe. Es su residencia fija, donde vuelven después de meses de atravesar con sus rebaños aquellos valles pegados a las nubes. Durante gran parte del año los kirguises habitan en la estepa, en sus yurtas, unas tiendas circulares de pelo y mantas. La mayoría son nómadas o seminómadas que practican la migración, llevando sus animales a valles de diferente altura, según la dureza de la estación del año.

Los pastores kirguises montan en asno o sobre pequeños caballos que manejan desde niños con asombrosa maestría. Durante los traslados a otros pastos es la mujer la encargada de montar y desmontar las yurtas. El hombre se ocupa de cargarlas en los camellos y de situar correctamente la estructura de madera.

En el interior de las yurtas el equipamiento es muy básico: mantas, recipientes y una estufa en la que cocinan su austera dieta, formada por tortas de pan mojadas en leche agria, té, queso seco y un fortísimo licor destilado a partir de la leche de yegua fermentada. Rara vez sacrifican un animal y las verduras apenas se consumen, pues no existen en estas altas tierras; deben comprarse a comerciantes tadjikos o uigures y traerlas a diario desde los valles bajos, algo fuera del alcance de sus modestas economías.

Los kirguises son descendientes de pueblos guerreros turcomanos y practican la religión islámica sunita, aunque el Corán no les influye en algunas cosas como la integración de la mujer, que participa junto con los hombres en los trabajos y reuniones sociales. Además, ellas no ocultan su rostro bajo velos. Los hombres llevan el sombrero blanco tradicional de su etnia y las mujeres se recogen el pelo con un pañuelo. Todas llevan pantalón debajo de las faldas y sienten una pasión especial por el color rojo.

Todos los pueblos nómadas del planeta tienen una característica común: su hospitalidad con el forastero y su generosidad, pues saben que quizás mañana sean ellos los que necesiten alimento y cobijo en su camino.

K. II MONTAÑAS NEVADAS

Para 1950 en la región todas las fronteras se habían cerrado, Los kirguises “se convirtieron en ciudadanos afganos por defecto” y quedaron atrapados todo el año en el corredor de Wakhan. En 1978 ocurrió un golpe militar en Kabul y sobrevino la amenaza de la invasión soviética. Los kirguises temieron que también Afganistán se volviera comunista. Casi todos los kirguises, alrededor de 1300 personas, eligieron seguir al kan de esa época -Rahman Kul huyeron a través del Hindu Kush hacia Pakistán.

Las enfermedades mataron a centenares durante su primer verano como refugiados. Aunque Rahman Kul recomendó a su pueblo quedarse en Pakistán -los soldados soviéticos en Afganistán, advirtió, prohibirían su religión y reprimirían sus libertades, muchos kirguises se desilusionaron de su liderazgo. Extrañaban su vida en el techo del mundo. Pronto hubo una escisión. Abdul Rashid Khan, padre del actual kan, condujo a cerca de 300 kirguises, incluido Er Ali Bai, de regreso a Afganistán. Así fue como Abdul Rashid fue designado El kan acepta que ha imaginado vivir una vida normal.

Quizá llega un día en que hay que dejar la tierra natal kan. Cuando llegaron los kirguises, las tropas soviéticas los trataron amablemente y a lo largo de las tres décadas pasadas la población creció al nivel actual de más de 1000 habitantes, pese a la alta tasa de mortalidad. Los que se quedaron en Pakistán con Rahnian Kul fueron reubicados finalmente en el este de Turquía, donde viven ahora en un pueblo de hileras de casas cortadas con el mismo molde, con electricidad, televisión por cable, caminos pavimentados y coches. Les fueron asignados apellidos turcos. Les gustan sus juegos de video y sus escusados. Los domesticaron.

Durante su reciente viaje a Kabul, el apéndice del kan se inflamó. Acudió a un hospital y se lo removieron quirúrgicamente. Nada del otro mundo. Pero a él lo sacudió profundamente. “Si hubiera ocurrido aquí -dice, habría muerto. Mucha gente muere por esa causa”.

A veces, entre los kirguises de Afganistán -a menudo por la noche, mientras sorben té en la calidez de una yurtasurge la pregunta: ¿estarían mejor en otro lugar? Aun cuando los valles kirguises están libres de las luchas que afligen al resto de Afganistán, la vida aquí puede parecer un constante juego de dados. La idea de marcharse otra vez, en esta ocasión de manera permanente, parece rondar siempre por sus mentes. Algunos mencionan la reubicación en la ex república soviética de Kirguistán, donde se habla su misma lengua y donde tienen lazos étnicos. Pero no es seguro que esta sea una opción real.

Incluso el joven kan no es inmune a tales ideas. Admite, en momentos de candor, que se imagina mudándose con su familia para asentarse en una ciudad en alguna parte del resto del territorio de Afganistán. Vivir una vida más normal. Tal vez el kan piense que llega un momento en el que hay que dejar la tierra natal.

El segundo día que pasó el kan en su campamento de verano llegaron noticias importantes. Dos ingenieros, empleados del gobierno y provenientes de Kabul, habían arribado al final de la actual carretera para estudiar las rutas por las que esta se podría extender a través de las montañas hasta el territorio kirguís. El kan tenía que ir a recibirlos, un viaje que requeriría tres días de andar a caballo desde el alba hasta el anochecer.

En su yurta, la esposa del kan sacó de un baúl de metal las ropas más finas de su esposo, un traje a rayas de lana, altas botas de piel para montar, una bufanda negra y blanca. La emoción del kan es palpable. Tal vez la suerte de su pueblo esté a punto de cambiar. Su esposa le entrega un frasco azul oscuro de colonia y un pequeño recipiente de latón con naswar, el potente tabaco de mascar afgano. Él monta en su caballo. Hay “un 100 % de probabilidad”, comenta, de que se construya la carretera. Chasquea su fusta en el flanco del caballo.

Baja galopando por el valle. Su confianza no parece estar de acuerdo con la realidad. En un país golpeado por la pobreza y con un desorden generalizado, construir una carretera que costaría millones de dólares para ayudar a unas mil y pico de personas tiene poco sentido. “Nadie está construyendo una carretera”, acepta Er Mi Bai. En los tiempos del padre del kan, recuerda, también vinieron ingenieros, también dijeron estar haciendo estudios para una carretera. Nunca pasó nada.

Una carretera, señala Er Ali Bai, traería sus propios problemas. Sí, proporcionaría fácil acceso a médicos y maestros. Pero también a turistas. Y a ejércitos. Entraría el mundo exterior y eso, añade, podría causar que la generación más joven anhelara una vida menos difícil. Querrían marcharse cada vez más. “Hay gente que piensa que andar en coche los haría felices -afirma Er Ali Bai. Pero este lugar es muy bello. Vivimos con amor y la familia. Es, sin duda, el lugar más tranquilo del mundo”.

Las vistas aquí son muy amplias y durante mucho tiempo miro al kan alejarse cabalgando y a su caballo levantar un polvo café rojizo. Imagino al kan al volante de un coche, con las ventanillas abajo, el cabello revuelto, pasando los picos de las montañas resplandecientes bajo el sol. Pero también comprendo que si el kan puede hacer esto, se construye la carretera y se cumple su sueño, entonces la era de los kirguises nómadas tradicionales, la tribu de la gente recia y orgullosa que ha sobrevivido por casi 2 000 años, habrá llegado a su fin.

LOS KUIRGUIS VARIOS

 

 

Bibliografía

http://www.genghiskhan.es/

http://www.mediasolutions.com.mx/ncpop.asp?n=201302020257237401&t

http://digitalstamp.suppa.jp/musical_instruments_k/komuz.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Kirguist%C3%A1n

https:/ /es.wikipedia.org/wiki/Kirguist%C3%A1n#/media/File:Flag_of_Kyrgyzstan.svg

https://es.wikipedia.org/wiki/Cultura_de_Kirguist%C3%A1n