Los kirguises o kirguisos Parte I

La huella dejada en el Asía Central por Genghis Khan  y sus hordas¹ , y luego por sucesivas invasiones de mongoles y tártaros, fue tan profunda que todavía se encuentra indicios de lo que ocurrió en todo el continente. Son evidentes en Afganistán y en las ex repúblicas soviéticas adyacentes. (La Unión Soviética, llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas  –URSS– fue un Estado federal que existió entre 1922 y 1991).

Un grupo de esta región que se enorgullece de sus orígenes mongólicos y de las influencias turcas es el de los kirguises. La etnia kirguís es un pueblo de origen túrquido-mongol y constituye una de las cincuenta y seis minorías étnicas oficialmente reconocidas por el gobierno de la República Popular China. Su población total es de cerca de cuatro millones de habitantes, repartidos principalmente en Kirguistán (conocida oficialmente como República de Kirguistán en kirguís: Kyrgyzstan; en ruso: Kirguíziya, también Kirguizistán o Kirguisia), con una población de unas 160 000 personas. Se considera que hay cuarenta tribus de etnia kirguís diferentes, lo que se simboliza en su bandera, en cuyo centro aparece un sol del que salen cuarenta rayos.

LOS KUIRGUIS 1a BANDERABandera de Kirguistán

La historia de Kirguistán tiene más de dos mil años y abarca una gran variedad de culturas e imperios. Aunque geográficamente aislada por su terreno altamente montañoso –lo que, paradójicamente, ha ayudado al país a preservar su cultura antigua–, Kirguistán ha estado históricamente en el cruce de varias grandes civilizaciones, como parte de la Ruta de la Seda² y otras rutas comerciales y culturales. Aunque siempre habitada por una sucesión de tribus y clanes independientes, estuvo periódicamente, bajo dominio extranjero. Kirguistán alcanzó la soberanía como estado-nación después de la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

Se afirma que Genghis Khan, el conquistador más grande de la historia, estuvo con tantas mujeres que en la actualidad una de cada cuatrocientos cincuenta personas contiene sus genes. Pues, como cualquier hombre importante de la época, tenía mujeres a su servicio, de lo que se infiere, muy seguramente, que tenía relaciones sexuales todas las noches…si no se encontraba en la batalla.

“Genghis Khan tuvo acceso a varios cientos de mujeres en el transcurso de los cuarenta años que dedicó a construir su imperio”, dice John A. Garnet Man, historiador británico. Sus escritos son el resultado de su especial interés especial en China y Mongolia y así se lee en su libro sobre Temujin o Temüdjin, nombre de pila de Genghis Khan o Gengis Kan. El nombre corresponde a un título otorgado en 1206, por el Consejo de Nobles Mongoles, a Temujin o Temüdjin, al reconocerlo como su Jefe. Genghis Khan, significa “el mejor acero”.

En un interesante artículo en la red un enlace titula: El kan sueña con un coche. Se habla de una pareja: Halcha Khan y Abdul Metalib, tuvieron 11 hijos. “Cada año, cuenta Abdul, moría uno”. Morían siendo bebés, niños que empiezan a caminar, niños pequeños. Muchos tal vez murieron por enfermedades fácilmente tratables. Cada uno fue envuelto en un sudario blanco y enterrado en una tumba poco profunda. Eso destrozó a Abdul… para intentar amortiguar el dolor, Halcha y Abdul se volcaron al opio. El fácil acceso a la droga ha creado una epidemia de adicción entre los kirguises. Solo uno de los hijos de la pareja, un varón, superó los cinco años. Luego también murió.

En el corredor de Wakhan, no hay carreteras, su padre, el anterior kan –el líder tribal– pasó su vida buscando que se hiciera una vía. El nuevo kan también quiere que se construya; con una carretera, dice, los médicos y las medicinas llegarían fácilmente. Entonces, quizá, no habría tantas muertes, además podrían llegar maestros y comerciantes. Podría haber vegetales. Y así su pueblo, los kirguises nómadas del remoto Afganistán podría tener una posibilidad real de prosperar. Una carretera es el trabajo del kan. Un carro, su sueño.

Pero, por ahora, sin vehículos y sin vías, la realidad es un yak. Un bóvido de pelaje lanoso, nativo de las montañas de Asia Central y el Himalaya; vive en las altiplanicies esteparias y fríos desiertos del Tíbet, Pamir y Karakórum, entre los 4000 y 6000 metros de altura, donde se encuentra tanto en estado salvaje como doméstico.

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Yak – Del tibetano gyag. Arriba, al fondo, el Himalaya

Es día de mudanza, Abdul sujeta un yak mediante una soga ensartada en la nariz del animal, todo lo que posee el kan requiere ser atado al lomo del animal. No es mucha cosa. Una docena de teteras, una estufa de hierro, una batería de las que utilizan los vehículos, dos paneles solares, una yurta (Una vivienda utilizada por los nómadas en las estepas de Asia Central. Distintos pueblos han utilizado este tipo de vivienda desde la Edad Media) y 43 mantas. Los yaks corcovean, patean y bufan; cargarlos no es fácil, implica tanto luchar con ellos como empacar.

Mudarse es algo propio de los nómadas. Los kirguises de Afganistán se mudan de dos a cuatro veces al año, siempre depende del estado del tiempo y de la disponibilidad de hierba para los animales. A su tierra natal la llaman Barne Dunya, que significa “techo del mundo”, su tierra consiste en dos grandes valles de origen glaciar, llamados pamires. El Pamir es el sistema montañoso más grande del mundo, que se sitúa al sudeste de la región montañosa de Pamiro-Alay en la frontera con Tayikistán y China profundamente escondidos entre las grandes montañas de Asia central, la mayor parte a más de 4 250 metros de altura. El viento es furioso, es imposible que crezcan las cosechas. La temperatura puede alcanzar valores bajo cero durante 340 días al año. Muchos kirguises nunca han visto un árbol.

Los valles se localizan en un curioso corredor de tierra en forma de pinza que parte del extremo noreste de Afganistán. Esta franja, a la que con frecuencia se le llama el corredor de Wakhan, fue consecuencia del llamado Gran Juego del siglo XIX, cuando los imperios ruso y británico luchaban por el control de Asia central. En la actualidad el corredor colinda con Tayikistán al norte, Pakistán al sur y China al este. El resto con Afganistán, al oeste, puede parecer tan lejano que algunos kirguises se refieren a él como un país extranjero. Así, los kirguises se sienten atrapados en un reducto distante, encerrados por una cerca de púas de picos nevados, perdidos en el torbellino de la vida… de la historia, la política y los conflictos.

Para llegar a la carretera más cercana se requiere un viaje de tres días o más a través de las montañas. La ciudad importante más cercana, con tiendas y un sencillo hospital, está a un día más de viaje. Debido a este intenso aislamiento los kirguises padecen una tasa de mortalidad muy elevada. No hay médicos ni clínicas de salud, apenas unas cuantas medicinas. En este ambiente tan inhóspito una dolencia menor… un catarro, un dolor de cabeza puede rápidamente volverse virulenta. Entre los kirguises afganos la tasa de mortalidad infantil es probablemente la más alta del mundo. Menos de la mitad de los niños pasan de los cinco años. Es muy frecuente que los padres pierdan cinco, seis o siete hijos. Muchas mujeres perecen durante el parto.

Halcha, el nuevo kan y líder tribal, conoce del mundo exterior. Ha viajado dos veces fuera de la región de Wakhan e intercambia noticias con los mercaderes que se aventuran en tierra kirguisa mientras intercambia sus animales por bienes como telas, joyería, opio, anteojos de sol, sillas de montar, alfombras y, últimamente, teléfonos celulares… no para hacer llamadas pues no hay señal, sino para reproducir música, hacer videos y tomar fotografías.

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                                                                                                    El corredor de Wakhan

Un corredor a ninguna parte. El corredor, una estrecha franja de Afganistán a gran altitud y encajada entre Tayikistán y Pakistán, fue una creación política del Gran Juego en el siglo XIX: Gran Bretaña le pagó a Afganistán para que se anexara el territorio e impedir que la India británica y la Rusia zarista compartieran frontera. La región, alguna vez parte de la Ruta de la Seda, hoy está totalmente aislada del mundo, con la mayoría de sus fronteras estrictamente reguladas.Un corredor a ninguna parte. El corredor de Wakhan, una estrecha franja de Afganistán a gran altitud y encajada entre Tayikistán y Pakistán, fue una creación política del Gran Juego en el siglo XIX: Gran Bretaña le pagó a Afganistán para que se anexara el territorio e impedir que la India británica y la Rusia zarista compartieran frontera.

Todos en Wakhan se dan cuenta de que el resto del planeta, cada día que pasa, va dejando atrás a su pueblo. Los kirguises nómadas –con una población total de unas 1 100 personas– apenas han comenzado a lograr un sistema educativo muy rudimentario. El propio kan nunca aprendió a leer o escribir, tiene apenas treinta y dos años, pero sabe que otras gentes en otros países tienen acceso a ayuda médica y que el mundo está conectado por diferentes medios… saben que sus niños no deberían morir así.

Los kirguises tienen pocos libros, no se ríen mucho, no son gente sociable; no tienen lo que en Occidente llamamos ‘diversiones’. Con todo, ellos, con sus bigotes grandes con puntas expresivas, no disimulan su apariencia juvenil. Por lo general son de baja estatura, pocos miden más de 1.70 metros, y se mueven con mucha energía. Muchos tienen los ojos café claro y la piel rojiza agrietada por el viento. La mayoría se visten como casi todos los varones kirguises: un vestido totalmente negro, chaqueta, pantalones y zapatos.

Los kirguises no son pobres. Aunque el papel moneda es casi inexistente, muchos rebaños de los campamentos cuentan con cientos de animales valiosos, incluidos caballos y burros para transporte. La unidad básica de la moneda kirguisa es una oveja. Una esposa se consigue por cien ovejas; un teléfono celular cuesta una; un yak cuesta aproximadamente diez ovejas. Un caballo de alta calidad cuesta cincuenta. Las familias más ricas poseen el símbolo máximo del estatus kirguís: un camello de dos jorobas, llamado bactriano.

Cuando hay mudanza el kan se debe asegurar de que los yaks estén debidamente cargados y lleguen a su campamento de verano. A pesar de que es finales de junio, cae nieve que se arremolina debajo de las nubes. Pero el kan no puede esperar. La hierba de su campamento de invierno requiere cada uno de los días de la breve estación de crecimiento para renovarse. El kan y su familia viven durante el invierno en una lúgubre choza de barro de paredes gruesas y el resto del tiempo lo hacen en una yurta.

Cada campamento kirguís sigue un patrón relativamente simple de migración, viven en el lado del valle orientado al sur, un poco más cálido en el invierno, cuando es verano caminan unos ocho kilómetros o más hacia el otro lado. El horizonte, donde quiera que se mire, es interrumpido por inmensos picos cincelados. Aquí, en el techo del mundo, se encuentran varias de las cordilleras más altas de Asia -el Hindu Kush, el Karakórum, el Kunlun; es un lugar tan repleto de montañas que se conoce como Nudo del Pamir. El corredor de Wakhan es también un lugar donde nacen ríos que fluyen tanto al este corno al oeste, incluido el Amu Darla o “río madre”, una de las principales vías fluviales de Asia central.

Al final de la mudanza llegan a una zona cubierta de hierba en la boca de un estrecho cañón rodeado de glaciares. El viento –el viento brutal y despiadado del corredor Wakhan– cobra fuerza. Los copos de nieve se precipitan lateralmente, punzando los rostros. Las cargas son bajadas de los yaks y amontonadas en una gran pila.

La esposa y los hijos del kan se acurrucan, mientras los hombres empiezan a construir la yurta al tiempo que escuchan música kirguisa, una melodía interpretada por un laúd de tres cuerdas llamado komuz. La construcción de una yurta es como armar un rompecabezas que requiere varias horas. Cuando está terminada, por fuera una yurta parece insignificante, una especie de papa hervida grumosa; todo el conjunto está cubierto con un fieltro blanco que hacen los propios kirguises.

Los modales kirguises pueden considerarse bruscos, es frecuente y se acepta aceptable marcharse en medio de una conversación. Los kirguises comen carne cortándola en trozos y ocultando las sobras en un bolsillo. No hay muchos cantos. Las bodas no son muy alegres, con excepción de un juego de buzkashi, un deporte rápido y violento que se juega a lomo de un caballo y con el esqueleto sin cabeza de una cabra como pelota.

Esto es muy comprensible, ellos viven en un lugar, como dice el kan: “Uno envejece rápido… cuando siempre se tiene frío, cuando uno ve morir a una media docena de sus hijos, algunas emociones le son arrancadas. Quizá esta tierra es demasiado ventosa, demasiado remota, demasiado dura. Si no mata, daña; priva de la capacidad de expresar alegría. Hasta que uno entras a una yurta kirguisa. Se hace a un lado la pesada puerta de fieltro. De repente todo cambia. El mundo exterior desaparece y se entra en el país de las maravillas kirguís. Mantas, alfombras, tapices murales y cubiertas del techo, decorados todos con diseños de ornato: cachemires, flores, lentejuelas, trazos psicodélicos y caleidoscópicos. Aquí es donde la familia come, duerme y se escapa en este éxtasis explosivo de color¨.

LOS KUIRGUIS 3a YURTA

Mujer turcomana en la puerta de una yurta

En el centro de la yurta hay o un fuego abierto o una estufa de hierro. En el país kirguís no hay madera. En su lugar queman estiércol de yak, que suele emitir un olor dulce. Siempre hay una o varias teteras en el fuego. El té es el alimento esencial de los kirguises; lo beben con leche de yak y sal, y lo beben constantemente.

También comen yogur de leche de yak, efervescente y espesa, y un queso duro llamado kurut, el cual hay que suavizar en la boca varios minutos antes de masticarlo. También rebanadas de pan ácimo de buen tamaño. La carne está reservada para reuniones especiales, lo más parecido a un vegetal es una pequeña cebolla silvestre no mayor que un guisante.

Solo hay algo más expresivo que una yurta kirguisa es una mujer kirguisa. Los hombres, salvo en festividades, se visten como si todo el tiempo fueran a un funeral. Las mujeres kirguisas son obras de arte. En la cabeza llevan altas gorras cilíndricas adornadas con pañoletas rojas gigantes. El kan conoce el mundo exterior. Sabe que el resto del planeta, día con día, está dejando atrás a su pueblo.

Llevan largos vestidos rojo brillante, por lo general con chalecos carmesí sobre ellos. Atado a estos chalecos hay un sorprendente mosaico de bisutería. Alrededor del cuello llevan cosidas docenas de botones plásticos de camisa. Hay broches de latón en forma de sol y bolsas de cuero que contienen versos del Corán. Hay también monedas, llaves, conchas marinas, frascos de perfume y garras de águila. Una mujer tenía siete cortaúñas prendidos a su chaleco. Cada movimiento de una mujer kirguisa produce un tintineo de campanas de viento.

Peinan su cabello en dos o más trenzas largas en las que llevan fijados ornamentos de plata. Lucen múltiples collares y por lo menos un anillo en cada dedo, incluso en el pulgar, excepto en el de en medio. Brazaletes en cantidad. Aretes oscilantes. Un reloj es muy raro, es mejor dos o tres.

Las mujeres realizan tareas interminables: ordeñan a los yaks dos veces al día, a la vez que cosen, cocinan, limpian y cuidan niños. Rara vez hablan cuando hay hombres en los alrededores.

La mayoría de las mujeres que conocen los turistas nunca ha estado a más de unos cuantos kilómetros de donde nacieron; su viaje más largo había sido a los campamentos de sus esposos después de casarse. Todos los matrimonios kirguises son arreglados, por lo general cuando la mujer es adolescente. Ambos, el kan y su esposa, tenían 15 años cuando se casaron.

Una de las pocas mujeres excepciones que conversa con los turistas –una viuda de espíritu libre– llamada Bas Bibi, calculaba tener unos setenta  años. Había tenido cinco hijos y dos hijas. Todos murieron. “Los hombres nunca ordeñan a los animales -dijo. Ni lavan ropa. Ni cocinan comida. Si no hubiera mujeres, ¡nadie sobreviviría ni un solo día!”.

A lo largo de su historia, los kirguises han rechazado siempre la idea de ser controlados por un gobierno o servir como vasallos a un rey. ¨Somos personas indomables¨, dice orgullosamente un kirguís. Sus orígenes son vagos. La primera mención de los kirguises se encuentra en un documento chino del siglo n d. C. y se supone que provenían de los montes Altái, en lo que ahora es Siberia y Mongolia. Según el antropólogo Nazif Shahrani, el nombre kirguís posiblemente está compuesto por “kirk”, que significa “40”, y “kiz”, que significa “muchacha”, una etimología que para los kirguises significa “descendientes de 40 doncellas”.

Sin haber sido nunca una tribu grande, los kirguises afganos vagaron por Asia central durante siglos, tenían fama de asaltar caravanas a lo largo de la Ruta de la Seda; para el siglo XVIII habían empezado a utilizar los valles donde ahora viven como territorio de pastoreo de verano.

 

 

LOS KUIRGUIS 4a MUJER

Bibliografía

http://www.genghiskhan.es/

http://www.mediasolutions.com.mx/ncpop.asp?n=201302020257237401&t

http://digitalstamp.suppa.jp/musical_instruments_k/komuz.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Kirguist%C3%A1n

https:/ /es.wikipedia.org/wiki/Kirguist%C3%A1n#/media/File:Flag_of_Kyrgyzstan.svg

https://es.wikipedia.org/wiki/Cultura_de_Kirguist%C3%A1n

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  1. Antiguamente una horda –llamada también orda, Ordu, ordo y Ordon– era una estructura socio-política y militar en la estepa euroasiática, por lo general asociada con los mongoles. Esta entidad es vista ahora como el equivalente regional de un clan o una tribu. Algunas hordas de éxito dieron lugar a los kanatos.
  2. La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales organizadas a partir del negocio de la seda china desde el siglo I a. C., que se extendía por todo el continente asiático, conectando a China con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía, Europa y África. Abarca un tramo de 5000 kilómetros que va desde la zona central de China hasta la región de Zhetysu, situada en el Asia Central, incluyendo China, Kazajistán y Kirguistán.