La masacre de las bananeras

Los pocos derechos laborales que tienen los trabajadores colombianos han sido el resultado de varias luchas reivindicatorias arduas, difíciles y hasta sangrientas; se extienden desde principios del siglo XX hasta nuestros días. Uno de esos episodios de mayor significado lo constituye la huelga y masacre de las bananeras del Magdalena. En efecto, el 5 de Diciembre de 1928 fueron acalladas las voces de protesta de un número todavía indeterminado de obreros que  cometió el “grave error” de levantar su inconformismo ante la dolorosa situación que estaban padeciendo en la empresa norteamericana United Fruit Company.

La United Fruit Company

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No es cierto que una vez finalizados los procesos de independencia se acabó la colonización en los territorios latinoamericanos; simplemente se cambió su forma de actuar y su centro de acción. Si bien, ya no eran colonias, aun la presencia extranjera se podía sentir en lo social, político y económico.

Desde finales del siglo XIX  los Estados Unidos llevaron a cabo unas series de intervenciones militares y aventuras imperialistas que tuvieron como consecuencia, entre otras, la anexión de Puerto Rico, en 1898, y el control del canal de Panamá -como consecuencia de la pérdida del Istmo colombiano en 1903-. La aparición en Colombia de compañías norteamericanas como la Andian Nacional Corporation, la Tropical Oil Company, y por supuesto, la United Fruit Company, hacen parte de esta larga lista de intervenciones en los países latinoamericanos.

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La United Fruit Company era una de las empresas de esta agresiva política imperialista;  se fundó en 1899, con un capital de 11.230.000 dólares, con el objetivo de explotar el mercado del banano. Para fines del siglo XIX y principios del XX la United Fruit tenía sedes en las Antillas y Centroamérica. A Colombia llegaron a comienzos del siglo XX atraídos por los bajos salarios que les pagaban a los obreros.

Para 1908 la United exportaba por el puerto de Santa Marta cerca de 1.815.844 racimos de banano al año. Además su presencia en la región no se limitó a la comercialización del banano, también, tenía negocios en sectores claves de la economía local, incluyendo los muelles, la aduana y el ferrocarril. Tal era la importancia y el poderío económico de la empresa que para cuando  se fue del país y cerró sus operaciones, en 1960, controlaba en la zona 59.000 hectáreas, 225 kilómetros de vía férrea, 34 estaciones intermedias, 34 canales de río y 9 poblaciones de importancia, entre ellas el municipio de Ciénega, población cercana a Santa Marta, en Ciénaga ocurrió la masacre.

La mayoría de los trabajadores que laboraban en la región  procedían de poblaciones del Magdalena, de las Sabanas de Bolívar, y de municipios cercanos a Cartagena como Mahates, Sincerin, Arjona y Maria la Baja, ellos iban en busca de trabajo que escaseaba en la región, este asunto favorecía a la empresa para imponer sus propias condiciones laborales, en la zona de la bananera había una desocupación tan alarmante, que no le permitía a nadie discutir las características del trabajo ni el monto del salario.

Entre esas condiciones la United impuso a trabajadores que forzosamente debían comprar sus alimentos y artículos de subsistencia en los comisariatos que manejaba la compañía. Sus salarios eran vales que sólo eran válidos en dichos establecimientos, situación que perjudicaba también a los productores nacionales, quienes se veían subordinados a las exigencia de la United, que establecía contratos obligatorios que claramente atentaban a toda vista contra sus intereses y los sujetaba al monopolio que ésta tenía sobre el comercio del banano en la región. Lo anterior era consecuecia  por un lado, de la debilidad de los cultivadores colombianos para insertarse al circuito mercantil agro-exportador, y por el otro lado, de la existencia de un mercado interno frágil y marginal que no podía consumir la producción nacional. Lo que los ponía en desventaja a la hora de llevar a cabo negociaciones con la empresa.

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Uno de los escritores que le dedicó unas páginas a la masacre fue García Márquez en Cien años de soledad. José Arcadio Segundo, a quien García Márquez hace aparecer como dirigente sindical es uno de los personajes de la mascre. Leemos: “José Arcadio Segundo  fue encarcelado porque reveló que el sistema de los vales era un recurso de la compañía para financiar sus barcos vacíos desde Nueva Orleans hasta los puertos de embarque del banano”

Todos estos factores, sumados con el hecho de ser la zona bananera unas de las de mayor concentración de trabajadores de Colombia, fueron creando un descontento general, que tuvo como consecuencia el nacimiento de un fuerte movimiento obrero.

El proceso de sindicalización y lucha reivindicativa en la región se remonta a  1910, las primeras luchas de este carácter llevadas a cabo en el país se originaron entre los trabajadores de los puertos marítimos del río Magdalena y  los ferroviarios. En febrero de 1910 se registró la primera gran huelga de Colombia por los braceros portuarios, los obreros de la construcción, transportadores y ferroviarios de Barranquilla, quienes paralizaron por cinco días actividades, como reclamo a la creciente carestía en los artículos de primera necesidad.

UFC 2En la década de los años veinte, las huelgas más importantes fueron contra compañías norteamericanas. En 1923 los trabajadores de la Andian entran en paro por la reducción que la empresa había realizado en los salarios. En 1924, los trabajadores de la Tropical Oil Company se lanzan a la huelga, desde 1922 venían reclamando mejores condiciones laborales. Estas no fueron escuchadas, como resultado en 1927 vuelven a la huelga; al principio esta fue pacífica, más tarde, ante la negativa de la compañía a negociar en razón de que la huelga había sido declarada ilegal por el gobierno, se torna violenta. Bajo el estigma de ilegalidad el estado llevó una fuerte presión que costó varias vidas de obreros, cárcel y destierro para sus dirigentes.

En este contexto los trabajadores de la United Fruit Company se lanzan a la huelga, en Octubre de 1928, exigiendo un aumento del salario, ½ centavo por corte y acarreo de racimo de banano, servicio médico gratis, libertad para comprar fuera del comisariato, reconocimiento del sindicato, eliminación inmediata de los contratos individuales y creación de los colectivos, habitaciones higiénicas para vivir, entre otras demandas. La respuesta de la compañía ignorar las pretensiones de los trabajadores y desconocer sus intereses.

En los primeros meses, el gobierno conservador, que estaba bajo el mando de Miguel Abadía Méndez, a través de su ministro de guerra, Ignacio Rengifo, consiguió que el congreso aprobara el llamado proyecto heroico, que claramente  atentaba contra los derechos de los trabajadores, y le daba al gobierno las herramientas necesarias para reprimir cualquier huelga. Sin embargo, en la región del Magdalena se fueron concentrando líderes obreros, dándole al movimiento mayor fuerza y tintes cada vez más políticos. Todos los trabajadores de la zona aproximadamente treinta mil personas, cesaron labores, se cerraron los estanquillos en toda el área, y los trenes paralizaron el envió de banano.

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Fernando Botero – Masacre en Colombia

En un principio las noticias insistían en que el movimiento presentaba un carácter pacífico, pero el gerente de la United manejaba otra versión, que con ayuda de la prensa local, mostraba a la huelga de forma negativa y a los obreros como realizadores de numerosos atropellos de una manera sanguinaria y cruel. Bajo estos argumentos, el gobierno, como era habitual, tomó parte por la empresa, mandando un pelotón al mando del coronel Carlos Cortés Vargas, se presentaron fuertes enfrentamientos con los huelguistas.

A pesar de estos choques con el ejército, el 4 de Diciembre los delegados de los trabajadores se congregan en Ciénega para discutir las acciones a seguir. Debieron llevar a cabo una gran marcha hacia Santa Marta para entregar el pliego de peticiones directamente al gobernador. Durante el 5 de Diciembre, los trabajadores provenientes de diferentes poblados se fueron acercando a Ciénega, mujeres, niños y hombres. Sin embargo, la marcha nunca se llevó a cabo,  en horas de la tarde, el comité de la huelga recibió la noticia que el gobernador del Magdalena, Núñez Roca, acompañado de  mr. Bradshaw-gerente de la compañía- se dirigía a Ciénega con la intención de firmar  el convenio aceptando las reivindicaciones exigidas por los obreros, estos creyendo que habían obtenido la victoria, sintieron que la marcha no tenía sentido en el marco de las nuevas condiciones.

Señala García Márquez: “Tan pronto como conoció el acuerdo el señor Brown, enganchó en el tren su suntuoso vagón de vidrio y desapareció de Macondo junto con los representantes más conocido de la empresa. Sin embargo varios obreros encontraron a uno de ellos en un burdel, y le hicieron firmar una copia del pliego de peticiones”

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A la media noche, sin previo aviso, las tropas a cargo del coronel Vargas Cortés se hicieron presentes en la plaza de Ciénaga en donde los huelguistas esperaban la llegada del gobernador. Para ese momento el estado de sitio se había declarado y Cortés Vargas tenía el control y de la zona. Los soldados se alinearon a través de la plaza armados con dos ametralladoras y dos filas de rifles. Cortés Vargas leyó la declaración de estado de sitio y exigió la dispersión de la multitud que para ese momento llegaba a miles de personas, estos no obedecieron y después de ordenarlo por tercera vez abrió fuego, a su paso cayeron mujeres, niños, y hombres cuyas únicas armas, si las tenían, eran machetes. La ley marcial facultaba al ejército para asumir funciones de árbitro de la controversia pero no hizo ninguna tentativa de conciliación. Los soldados pusieron a un lado los fusiles, cortaron y embarcaron el banano y movilizaron los trenes.

Esa noche murió un número todavía indefinido de civiles. Los huelguistas que no fueron asesinados sufrieron la persecución, algunos tuvieron que exilarse y otros fueron puestos en prisión Para ese momento el estado de sitio se había declarado y Cortés Vargas leyó la declaración de estado de sitio –en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores  y facultaba al ejército para matarlos a bala–. Escribe Gabo: “Señoras y señores –dijo el capitán con una voz baja, lenta un poco cansada– dijo: tienen cinco minutos para retirarse. La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anunciaba el principio del plazo. Nadie se movió. Han pasado cinco minutos dijo el capitán en el mismo tono. Un minuto más y se hará fuego José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó el niño de los hombros y se lo entregó a la mujer, <<Estos cabrones son capaces de disparar>>, murmuró ella: José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar… se inclinó por encima de las cabezas que tenía en frente y por primera vez en su vida levantó la voz. –¡Cabrones! –Gritó– Les regalamos el minuto que falta… –Eran más de tres mil, fue todo cuanto dijo José Arcadio Segundo- Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estación”.

Bananeras

A pesar de que la masacre ocurrida en Ciénaga fue un duro golpe para el movimiento obrero las luchas sindicalistas no se detuvieron. Los alcances políticos de la huelga de las bananeras trascendieron las reivindicaciones de las clases populares al punto de que Jorge Eliécer Gaitán, en una de sus primeras apariciones como líder liberal, hizo conocer al país los horrores que ocurrieron en Ciénaga, la cohesión del movimiento obrero nacional y los alcances políticos de la huelga y masacre de las bananeras. A su regreso a Bogotá, el general Cortés Vargas fue objeto de los más altos honores del Gobierno por el aplastamiento de la revolución y como demostración de la confianza, que tuvo a bien ganarse, se le nombró como Jefe de la Policía Nacional. Seis meses más tarde en Bogotá, en el marco del movimiento cívico de junio de 1929 donde murió el estudiante Bravo Páez, el general cayó en desgracia y fue destituido por el presidente Abadía. En julio 1 de 1929, el militar escribía a un compañero de armas de guarnición en Santa Marta: … mi situación en estos momentos es de lo más aflictiva, expulsado del Ejército, sin a donde volver los ojos, sin un peso, despreciado por mis compañeros de ayer, perseguido por el pueblo y por los estudiantes que me gritan asesino, asesino. Sí, es para volver loco al más guapo. Mis pobres hijos no han podido volver al colegio porque allí los insultan. Recluido en mi casa, solo y despreciado, escribo el informe sobre mi actuación…

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Regreso de Casería
Corté Vargas: Yo maté cien… / Abadía Méndez: Eso no es nada yo maté doscientos