Hiroshima

La ciudad de Hiroshima es la capital de la prefectura de Hiroshima, al oeste de Japón.

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Está localizada sobre el delta del corto río Ota, el cual tiene siete brazos que dividen la ciudad en seis islas que se proyectan hacia la bahía de Hiroshima. La ciudad es casi totalmente llana y se encuentra levemente elevada sobre el nivel del mar. Fue fundada en 1589 sobre la costa del mar Interior de Seto por el señor feudal Mōri Terumoto, convirtiéndola en capital de la provincia.

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Se convirtió en un centro urbano durante la Era Meiji. Adquirió estatuto de ciudad el 1° de abril de 1889.

DE GABO

En una conferencia ofrecida por Gabriel García Márquez, en Ixtapa, México, en agosto de 1986, dijo, entre otras cosas, a propósito del 41 aniversario de la bomba de Hiroshima:

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“Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruido por el granizo, y la era del rock y de los corazones transplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La Creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.”

Hiroshima fue escenario del primer bombardeo atómico de la historia, el 6 de agosto de 1945, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, por parte del ejército estadounidense. Un mes después la ciudad se vio azotada por un tifón que destruyó algunas de las infraestructuras que aún quedaban en pie. Por esta razón, la ciudad tuvo que ser reconstruida en el periodo de posguerra.

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Enlace relato de lo que le pasó a los niños de Hiroshima: https://www.youtube.com/watch?v=I5UHHUmE7kw

En el segundo volumen de la obra periodística de Gabriel García Márquez, Entre cachacos, reúne -recopilados y prologados por Jacques Gilard- los artículos aparecidos en El Espectador de Bogotá durante los años 1954 y 1955, textos que desentrañan los signos que configuran los temas predilectos del gran novelista colombiano.

Escribía entonces el Nobel de Literatura 1982: “El seis de agosto de 1945, dos niños de Hiroshima habían salido al campo a cazar mariposas. En las escuelas de Hiroshima se dictaban rutinarias a pesar de la guerra. La población civil trabajaba, alerta a las sirenas de alarma que anunciaban los bombardeos. De repente el oído experimentado de la población captó la vibración de un (avión bombardero) B-24, pero no sonaron las sirenas de alarma que anunciaban los bombardeos. Los niños, los obreros, hasta un caballo que tiraba de una carreta en el centro comercial permanecieron en suspenso. Se oyó una explosión, un tremendo relámpago iluminó el cielo y un minuto después la ciudad de Hiroshima estaba convertida en un infierno…”

Un mes después la ciudad se vio azotada por un tifón que destruyó algunas de las infraestructuras que aún quedaban en pie.

En la película del director japonés Kanehete Shine  que llamó “Los niños de Hiroshima” del director japonés Kanehete Shine,  contó lo que ocurrió en ese 6 de agosto de 1945: 240.000 personas murieron en esa catástrofe como consecuencia de la primera bomba atómica norteamericana sobre una ciudad japonesa.

Continúa García Márquez: “es imposible saber cuántos niños. Pero el drama que cuenta Kanehete Shine  no es el drama de los muertos sino el de los sobrevivientes a través del espanto, del terror el desconcierto y la inocencia de los niños de Hiroshima… En efecto nunca antes se habían mostrado los escombros humanos después de un bombardeo. Escombros humeantes que se mueven sin dirección, que huyen de nada hacia ninguna parte, agonizando, pudriéndose vivos en medio de una atmósfera que no es de pánico ni de horror. Es la atmósfera del infierno donde ya no hay resignación ni rebeldía, ni piedad, ni odios, ni sentimiento alguno que permita recordar a los pobres animales de la tierra”.

Resulta imposible establecer por la experiencia de Hiroshima, los verdaderos efectos de la bomba atómica. El lugar donde estalló -a 600 metros de altura, pues fue lanzada en paracaídas- era el centro geográfico y al mismo tiempo el centro comercial de la ciudad. En torno a ese centro, en un área de dos kilómetros y medio, los habitantes fueron víctimas inmediatas de la radioactividad, el calor y la explosión. En el área de dos kilómetros y medio en torno al centro de radioactividad, fueron víctimas de las reacciones térmicas y de la explosión. De allí en adelante, en un área de seis kilómetros, las víctimas fueron ocasionadas exclusivamente por la explosión.

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¿Qué pasó?

Un testigo presencial de la devastación de Hiroshima por la bomba atómica fue el sacerdote español Pedro Arrupe, quien el 6 de agosto de 1945 desempeñaba el cargo de rector del noviciado de la compañía de Jesús en Hiroshima.

Hiroshima 6En Hiroshima una de las principales ciudades japonesas, con 400.000 habitantes, de los cuales 30.000 eran militares, no se habían conocido los estragos de una guerra internacional. Una sola bomba había sido arrojada sobre la ciudad, y sus habitantes tenían motivos para pensar que se trató de un bombardeo accidental, sin ninguna consecuencia.

De los 400.000 habitantes 50.000 eran niños en edad escolar. Y es posible afirmar que el 6 de agosto de 1945, eso 50.000 niños estaban en la escuela, mientras sus padres se dirigían al trabajo. En el Japón la educación era obligatoria durante los 8 primeros años, y cada escuela de Hiroshima era un enorme local con capacidad para 2.000 niños.

A pesar de que nunca había padecido un bombardeo, la población de Hiroshima severamente disciplinada, se precipitaba a los refugios cada vez que sonaban las sirenas de alarma. Había numerosas sirenas distribuidas por toda la ciudad. El 6 de agosto de 1945, un poco antes de las ocho de la mañana, los ciudadanos que se dirigían a su labor, y los niños en la escuela (las clases comenzaban a las siete), oyeron sonar las sirenas y corrieron a los refugios antiaéreos. Poco después se anunció que había cesado el peligro y la ciudad reanudó su marcha normal.

El padre Pedro Arrupe cuenta  que en ese instante, después de la misa y el desayuno, se encontraba en su alcoba cuando sonaron las sirenas de alarma. Luego oyó la señal de que había cesado el peligro. El día comenzaba como siempre. En el noviciado, a pesar de la distancia, se advertía perfectamente el movimiento de la  ciudad.

“Ahora cualquiera entiende esto”, explica el padre Arrupe. Pero aquel día nadie había oído hablar de una bomba atómica ni de la posibilidad de que alguien la fabricara y la lanzara sobre una ciudad de 400.000 habitantes. Pensaron que se trataba de un accidente local, y los funcionarios del noviciado se dirigieron a la ciudad a prestar los primeros auxilios. Fueron en bicicleta.

“No hay modo de describir lo que encontramos”, cuenta el sacerdote. Y dice sencillamente que hay que imaginar el caos: donde antes había calles no había sino escombros; donde había casas solo se encontraban ruinas, y en la terrible crepitación del incendio y el humo y el polvo, era imposible ver o escuchar algo que recordara la presencia humana.

Gente humilde de las aldeas vecinas trataban de llegar al centro de la catástrofe. Pero era imposible. Las enormes llamaradas de más de un ciento de metros de altura impedían el acceso a la ciudad. Antes del mediodía comenzaron a desarrollarse fantásticos fenómenos atmosféricos.

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Un terremoto de laboratorio

Primero fue la lluvia. Un violento aguacero se desplomó sobre la ciudad y extinguió las llamas en menos de una hora. Después fue un tremendo huracán que condujo por el aire enorme troncos de árboles calcinados, rueda de vehículos, animales muertos y toda clase es escombros. Por encima de las cabezas de los sobrevivientes, pasaron a considerable altura, volando, impulsados por el huracán, los destrozos de la catástrofe.

El primer contacto que tuvo el padre Arrupe  con las víctimas de la catástrofe fue la visión de tres mujeres jóvenes, abrazadas, que con el cuerpo en carne viva surgieron de los escombros. Entonces comprendió que no se trataba de un incendio corriente: el cabello de las víctimas se desprendía con extrema facilidad y en pocas horas la ciudad había sido destruida por completo y sus habitantes reducidos a una confusa multitud de cadáveres y moribundos ambulantes.

La  película “Los Niños de Hiroshima” -una película que el padre Arrupe no ha visto- se ha reconstruido la catástrofe, minuto a minuto. Por la descripción que hace el único testigo presencial que ha venido a Colombia, se advierte que la reconstrucción del filme de una asombrosa fidelidad, de un milagroso realismo. La multitud se desplazó, como una gran masa flotante, hacia los diferentes brazos de los ríos. Y hubo una razón para que fueran mayores los estragos en la población infantil: a las 8:10 de la mañana, hora en que estalló la bomba, puede decirse que no había un niño en edad escolar cerca de sus padres. Todos estaban en la escuela. Cuando al atardecer empezaron a prestarse los primeros auxilios, los padres de familia estaban bajo los escombros de los hogares o los establecimientos comerciales. Y los niños, todos los de Hiroshima, confundidos, desfigurados y sin identificar; 50.000 niños estudiantes, estaban muertos, heridos o agonizando en masa, bajo los escombros de las escuelas.

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En Hiroshima había 260 médicos, 200 murieron instantáneamente a causa de la explosión. La mayoría de los restantes quedó herida. Los muy pocos sobrevivientes -entre ellos el padre Arrupe , graduado en medicina no disponía de ningún elemento para auxiliar a las víctimas. Las farmacias, los depósitos de drogas, habían desaparecido bajo los escombros. Y aun en el caso de que se hubiera dispuesto de elementos, se ignoraba por completo qué clase de tratamiento debía de aplicarse a las víctimas de aquella monstruosa explosión.

Los primeros heridos auxiliados por el padre Arrupe, sin embargo, fueron favorecidos por un acontecimiento todavía no explicado: en medio de la confusión un aldeano puso a disposición del sacerdote un saco con 20 kilos de ácido bórico. Fue el primer tratamiento que se les administró: cubrir todas las heridas con ácido bórico. En la actualidad, todos se encuentran en buen estado de salud, dice el padre Arrupe, quien todavía no puede entender qué hacía un campesino de Hiroshima con 20 kilos de ácido bórico en su casa.

Tres causas de muerte

En la ciudad no hubo pánico el 6 de agosto de 1945. La población recibió la catástrofe con su indolente fatalismo oriental. Los sobrevivientes se desplazaron hacia el agua no en busca de refrigeración  -que es una creencia generalizada- sino en busca de un lugar donde estuvieran a salvo de las llamas.

Resulta imposible establecer por la experiencia de Hiroshima, los verdaderos efectos de la bomba atómica. El lugar donde estalló -a 600 metros de altura, pues fue lanzada en paracaídas- era el centro geográfico y al mismo tiempo el centro comercial de la ciudad. En torno a ese centro, en una área de dos kilómetros y medio, los habitantes fueron víctimas inmediatas de la radioactividad, el calor y la explosión. En el área de dos kilómetros y medio en torno al centro de radioactividad, fueron víctimas de las reacciones térmicas y de la explosión. De allí en adelante, en un área de seis kilómetros en la cual se encontraba el noviciado de la Compañía de Jesús, las víctimas fueron ocasionadas exclusivamente por la explosión.

La recuperación moral de Hiroshima fue casi inmediata. Al día siguiente de la catástrofe empezaron a recibirse auxilios de las ciudades vecinas. Durante seis días cada sobreviviente recibió una escudilla con 150 gramos de arroz. La fortaleza moral del pueblo fue superior a la bárbara y despiadada experiencia atómica. En menos de una semana se cremaron los cadáveres, se organizó a los sobrevivientes, se improvisaron los hospitales y se identificó a los millares de niños que quedaron a la deriva.

A fines de ese año la ciudad estaba rudimentaria pero totalmente reconstruida. Los escombros había sido removidos y las casas fabricadas de nuevo con latas de conserva, papel periódico y desperdicios la catástrofe. Desde el trágico 6 de agosto hasta el momento actual, ha sido reconstruida tres veces. La segunda vez fue de madera. En la actualidad, y en virtud de una ley japonesa que ordena que sea construida en concreto toda casa con más de dos plantas, la ciudad está completamente modernizada, y tiene la calle más ancha del mundo: más de cien metros. Pero para transitar por esa calle hacen falta las 240.000 personas que murieron en la explosión.

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Al final de su discurso dijo García Márquez: “Así es: hoy, 6 de agosto de 1986, existen en el mundo más de 50.000 ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar 12 veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del Sol, y de influir en el equilibrio del Sistema Solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace 41 años, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo”.

Esto no fue todo. La bomba atómica sobre Hiroshima no fue suficiente para los norteamericanos. La ciudad de Nagasaki ubicada sobre la costa sudoeste  en Japón, fue blanco de otra bomba atómica.

El 9 de agosto de 1945 se lanzó sobre ella la segunda bomba atómica. El bombardero estadounidense “Bockscar”, dejó caer la bomba atómica Fat Man, la segunda bomba atómica en ser detonada sobre Japón y más poderosa que la de Hiroshima.

Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki fueron ataques nucleares ordenados por Harry S. Trumanpresidente de los Estados Unidos, contra el Imperio del Japón. Los ataques se efectuaron el 6 y el 9 de agosto de 1945.  Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166 000 personas en Hiroshima y 80 000 en Nagasaki,4 totalizando unas 246 000 muertes, aunque sólo la mitad falleció los días de los bombardeos.

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