El escritor

El Canon de William Shakespeare

La obra de Shakespeare es difícil organizarla cronológicamente. Hay fácilmente cuatro, cinco o más clasificaciones. Cada especialista o erudito que se embarca en un estudio sobre Shakespeare termina haciendo su propia propuesta y cada una de ellas tiene su propia cronología acerca de la obra del dramaturgo y poeta isabelino.

El Canon es lo que perduró de la obra de Shakespeare lo que aún hoy nos conmueve y nos deleita. Se trata de treinta y siete obras de teatro y varios poemas. En estos escritos encontramos toda una gama de personajes que reflejan todas o casi todas las experiencias humanas.

Por ello nos sobresaltan sus personajes y la forma como se comportan, como se relacionan con otros personajes, en distintas situaciones. Es esto lo que nos lleva a reflexiones ulteriores de cosas cotidianas, situaciones y personajes que se presentan a menudo como moldes, modelos, símbolos.

Nos conmueve la peculiar carga humana de sus personajes. Por ejemplo, en Romeo y Julieta, una de sus primeras tragedias, Julieta, que  apenas va a cumplir catorce años, expresa una dimensión particular y universal del sentido y la experiencia del amor… Ese valor humano que experimentaba una nueva forma en el Renacimiento de fines del siglo XVI en el que Shakespeare presenta en Verona, Italia, donde tiene lugar este drama, a los dos jóvenes enamorados.

Hamlet  despierta entre el público desde el primer momento una extraña e indescifrable atracción. Macbeth nos provoca al tiempo que nos confunde y nos sorprende; Macbeth no pude volver a dormir después de haber matado a su primo Duncan el rey de Escocia pero apenas lo acaba de asesinar le dice a su esposa: “Me pareció que alguien decía: No duerman más, Macbeth ha asesinado el sueño, el inocente sueño, el sueño que teje la seda enmarañada de las preocupaciones, el bálsamo de alma, el baño que sosiega …”.

Pero ocurre que entre muchos de nosotros la representación shakesperiana  no es reconocida o sopesada por parte de los que identifican o asocian a Shakespeare, o a personajes como Romeo y Julieta, Hamlet o  Macbeth.  Desconocen o intentan hacerlo, que Shakespeare escribía sus dramas –que es lo que más se conoce- para que unos actores que las representarían ante un público. No escribía para ser leído. Una interpretación del Canon de Shakespeare hecha solo desde la lectura posterior a la muerte del poeta y del fenecimiento del teatro isabelino no nos puede confundir con la experiencia del dramaturgo que escribe desde la escena y para el escenario. Ahí la gran paradoja. De ahí su contemporaneidad.

El Canon